
– ¿Tan tóxico es?
– Sí. Ahora no recuerdo exactamente lo poco que se necesita para matar a una persona, pero no llega a un gramo. Y es instantáneo. Todo se para, el corazón, los pulmones… Antes de que la taza llegara al suelo, él ya debía de estar muerto o, por lo menos, inconsciente.
– ¿Lo conocía usted?
Ella movió la cabeza negativamente.
– No más que cualquier aficionado a la ópera. O cualquier lector de Gente -dijo ella, refiriéndose a una revista de cotilleos que a él se le hacía difícil creer que leyera aquella mujer.
Ella le miró y preguntó:
– ¿Es eso todo?
– Creo que sí, doctora. ¿Tendrá la bondad de dar su nombre a uno de mis hombres, por si hemos de ponernos en contacto con usted?
– Zorzi, Bárbara -dijo ella, sin inmutarse por su tono oficial-. En la guía telefónica no hay otra.
Dejó caer el cigarrillo, lo pisó y le tendió la mano.
– Buenas noches. Espero que las cosas no se pongan demasiado feas.
El hombre no sabía si quería decir feas para el maestro, para el teatro, para la ciudad o para él, por lo que se limitó a mover la cabeza de arriba abajo en señal de agradecimiento mientras le estrechaba la mano. Cuando ella se fue, Brunetti pensó en la extraña similitud que había entre su trabajo y el de un médico. Ambos coincidían al lado de los cadáveres y ambos hacían la misma pregunta: «¿Por qué?» Pero, cuando encontraban la respuesta, sus caminos se separaban: el médico retrocedía en el tiempo, en busca de la causa física y él se movía hacia adelante, en busca del responsable.
Quince minutos después, llegaba el forense, acompañado del fotógrafo y de dos ayudantes con bata blanca que serían los encargados de trasladar el cadáver al Hospital Civil. Brunetti saludó afablemente al doctor Rizzardi y le indicó la hora aproximada de la muerte. Juntos entraron en el camerino. Rizzardi, un hombre muy atildado, se puso unos guantes de látex, consultó el reloj automáticamente v se arrodilló al lado del cadáver. Brunetti lo observó mientras examinaba a la víctima, extrañamente conmovido al ver que trataba al muerto con el mismo respeto que dedicaría a un paciente vivo, con suavidad y hasta con mimo, ayudando con manos expertas los movimientos envarados de unos miembros que empezaban a estar rígidos.
