
– ¿Podría vaciarle los bolsillos, doctor? -preguntó Brunetti, que no tenía guantes y no quería agregar sus huellas a las que pudiera haber en los objetos. El doctor obedeció, pero no encontró más que un billetero delgado, quizá de lagarto, que sacó sosteniéndolo de una punta y dejó encima de la mesa que tenía a su lado.
El médico se puso en pie y se arrancó los guantes.
– Veneno. Es evidente. Yo diría que cianuro. Es más, estoy seguro, pero no puedo decírselo oficialmente hasta después de la autopsia. De todos modos, por la forma en que el cuerpo está doblado hacia atrás, no puede ser nada más. -Brunetti observó que había cerrado los ojos al muerto y tratado de suavizar el rictus de sus labios-. Es Wellauer, ¿verdad? -dijo el médico, a pesar de que la pregunta era innecesaria.
Brunetti movió la cabeza afirmativamente y Rizzardi exclamó:
– María Vergine, esto no va a gustarle nada al alcalde.
– Pues que se encargue el alcalde de descubrir quién lo ha hecho -dijo Brunetti secamente.
– Sí; ha sido una estupidez. Perdone, Guido. Deberíamos pensar en la familia.
Como si hubiera estado esperando esta señal, uno de los tres policías de uniforme apareció en la puerta e hizo una seña a Brunetti que, al salir del camerino, vio a Fasini al lado de una mujer a la que supuso hija del maestro. Era muy alta, más que el gerente y hasta más que Brunetti, con una corona de pelo rubio que realzaba su estatura. Al igual que el maestro, tenía los pómulos de corte eslavo y los ojos de un azul pálido casi glacial. Cuando la mujer vio salir del camerino a Brunetti, dio dos pasos rápidos hacia él.
