
– ¿Ha ocurrido algo malo? -preguntó en italiano con fuerte acento extranjero-. ¿Qué sucede?
– Lo lamento, signorina -empezó Brunetti.
Ella le atajó imperiosamente.
– ¿Qué le pasa a mi marido?
A pesar de la sorpresa, Brunetti tuvo la presencia de ánimo suficiente como para moverse hacia la derecha, cerrándole el paso al camerino.
– Signora, perdone, pero creo preferible que no entre. -¿Por qué será que siempre saben lo que vas a decirles? ¿Es el tono o es una especie de instinto animal lo que les hace percibirla muerte en tu voz antes de que les des la noticia?
La mujer se tambaleó hacia un lado, como si la hubieran empujado, golpeó con la cadera el teclado del piano, y un sonido discordante llenó el corredor. Entonces, buscando el equilibrio, extendió el brazo con rigidez y la palma de su mano arrancó otro quejido de las teclas. Dijo algo en una lengua que Brunetti no entendía y se llevó la mano a la boca con un ademán tan melodramático que a la fuerza tenía que ser espontáneo.
En ese momento, al comisario le pareció que había pasado la vida haciéndole esto a la gente, diciéndoles que un ser querido había muerto o, peor, que había sido asesinado. Sergio, su hermano, era radiólogo y tenía que llevar en la solapa una plaquita metálica que cambiaba de color si se exponía a una cantidad peligrosa de radiación. De haber llevado él una placa sensible a la tristeza, al dolor o a la muerte, haría tiempo que habría cambiado de color permanentemente.
Ella abrió los ojos y le miró.
– Quiero verlo.
– Me parece que es mejor que no lo vea -respondió él, sabiendo positivamente que así era.
– ¿Qué ha pasado? -Ella se esforzaba por recobrar la calma, y lo consiguió.
– Creo que ha sido veneno -dijo él, aunque tenia la certeza.
– ¿Lo han matado? -preguntó ella con un asombro que parecía auténtico. O ensayado.
