
– Lo siento, signora. En este momento, no puedo darle una respuesta. ¿Hay alguien que pueda acompañarla a su casa? -A su espalda, el comisario oyó un estallido de aplausos que se prolongaban y fluctuaban en oleadas. Ella parecía no oírlos, del mismo modo que parecía no haber oído su pregunta, y le miraba moviendo los labios en silencio.
– ¿Hay en el teatro alguien que pueda acompañarla a su casa, signora?
Ella asintió, entendiendo al fin.
– Sí, sí -dijo, y agregó con voz más suave-: Tengo que sentarme. -Él ya esperaba esto: el impacto de la realidad que sigue al primer momento de aturdimiento, y estaba preparado. Es lo que fulmina a la gente.
La tomó del brazo y la llevó hacia el fondo de la zona del bastidor. Aunque alta, era muy delgada y ligera. A la izquierda, vio una pequeña cabina con paneles de iluminación y aparatos que no conocía. La sentó en la silla frente al pupitre e hizo una seña a uno de los agentes de uniforme que venía de un lateral atestado de gente vestida de época que saludaba v formaba corrillos en cuanto se cerraba el telón.
– Baje al bar y traiga una copa de coñac y un vaso de agua -ordenó el comisario.
La signora Wellauer estaba sentada en la silla de madera, aferrando el asiento con las manos y mirando fijamente al suelo. Movía la cabeza negativamente, como en respuesta a una conversación interior.
– Signora, signora, ¿sus amigos están en el teatro?
Ella prosiguió su monólogo silencioso, sin atenderle.
– Signora -repitió él, poniéndole una mano en el hombro-, ¿están aquí sus amigos?
– Welti -dijo la mujer, sin levantar la mirada-. Les he dicho que nos encontraríamos aquí.
Volvió el agente con las bebidas. Brunetti cogió la copa.
– Beba, signora -dijo. Ella tomó la copa y bebió distraídamente. Otro tanto hizo con el vaso de agua, como si no notara la diferencia.
