
Los tres agentes, una vez confirmada la existencia de un cadáver, habían ido a cumplir las órdenes de Brunetti. El gerente del teatro había desaparecido. Brunetti salió al corredor, esperando encontrarlo allí, con intención de preguntarle cuánto tiempo hacía que se había descubierto el cadáver. Pero sólo vio a una mujer pequeña, de pelo negro, que estaba apoyada en la pared, fumando un cigarrillo. Hasta ellos llegaban ráfagas de música.
– ¿Qué es eso? -preguntó Brunetti.
– La Traviata -dijo la mujer escuetamente.
– Ya lo sé. ¿Es que continúa la representación?
– «Aunque se hunda el mundo» -respondió ella con la entonación solemne que suele imprimirse en las citas.
– ¿Es de La Traviata? -preguntó él.
– No; de Turandot -dijo ella con voz serena.
– Pues me parece que por respeto al muerto…
Ella se encogió de hombros, arrojó el cigarrillo al suelo de cemento y lo aplastó con el pie.
– ¿Usted es…? -preguntó él finalmente.
– Bárbara Zorzi -y, aunque él no había pedido detalles, puntualizó-: Doctora Bárbara Zorzi. Estaba en la sala, pidieron un médico, subí y vi el cadáver. Eran exactamente las diez y treinta y cinco. El cuerpo aún estaba caliente. La taza estaba fría.
– ¿La tocó?
– Sólo con el dorso de los dedos. Pensé que podía ser importante saber si aún estaba caliente. No era así. -Sacó otro cigarrillo del bolso y le ofreció uno. No pareció sorprenderla que él rehusara y encendió el suyo.
– ¿Algo más, doctora?
– Huele a cianuro -respondió ella-. He leído algo sobre este veneno y en clase de farmacología lo estudiamos una vez, aunque el profesor no nos dejó ni olerlo. Decía que hasta los vapores son peligrosos.
