
Brunetti paseó la mirada por el camerino. Vio la taza en el suelo y, cerca de la taza, el plato. Esto explicaba las manchas oscuras de la camisa y, seguramente, la horrible crispación de la cara.
Sin acabar de acercarse al muerto, Brunetti hacía inventario con la mirada, con curiosidad, sin sacar deducciones. Era un hombre de aspecto extraordinariamente pulcro: el nudo de la corbata, impecable, el pelo, más corto de lo que dictaba la moda; hasta las orejas las tenía aplastadas contra la cabeza, como si quisieran pasar inadvertidas. Su indumentaria era típicamente italiana. Su acento pregonaba al veneciano. Sus ojos eran todo policía.
Inclinándose, tocó el dorso de la muñeca del muerto. Sintió la piel fría y seca al tacto. Lanzó otra mirada en derredor y se volvió hacia uno de los hombres que estaban a su espalda. Le pidió que llamara al forense y al fotógrafo. Ordenó a otro de los agentes que bajara a hablar con el portiere. ¿Cuántas personas había en el teatro esa noche? Que hiciera una lista. Y dijo al tercer agente que quería los nombres de quienes hubieran hablado con el maestro antes de la función o durante los entreactos.
El comisario abrió una puerta de la izquierda que daba a un pequeño aseo. La única ventana estaba cerrada, lo mismo que la del camerino. En el armario había un abrigo y tres camisas blancas almidonadas.
Volvió al camerino y se acercó al cadáver. Con el dorso de la mano, ahuecó la chaqueta, introdujo los dedos en el bolsillo interior del pecho y, lentamente, sacó un pañuelo sosteniéndolo por una punta. En el bolsillo no había nada más. Repitió el proceso con los bolsillos laterales, en los que encontró los objetos habituales: unos miles de liras en billetes pequeños, una llave con una etiqueta de plástico, probablemente, del camerino, un peine, otro pañuelo. No quería mover el cuerpo antes de que lo fotografiaran, y dejó para más adelante los bolsillos del pantalón.
