– Buenas noches, doctora -dijo Fasini con una sonrisa forzada. Ella se guardó el cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta y le estrechó la mano.

– ¿Qué sucede? -preguntó finalmente en el momento en que, detrás de ellos, Violetta empezaba a leer la carta de pére Germont.

Fasini se frotó las manos con viveza, como si el movimiento pudiera ayudarle a decidir qué decir.

– El maestro Wellauer ha sido… -empezó, pero no encontró una manera satisfactoria de terminar la frase.

– ¿Está enfermo? -preguntó la doctora con impaciencia.

– No, no, enfermo, no -dijo Fasini, que otra vez se quedó sin palabras y volvió a frotarse las manos.

– Quizá sea preferible que lo vea -dijo la mujer en tono de interrogación-. ¿Está en el teatro?

Como Fasini siguiera mudo, ella preguntó:

– ¿Lo han llevado a algún otro sitio?

Esto fue el acicate que necesitaba el gerente.

– No, no. Está en el camerino.

– Entonces vale más que entremos, ¿no?

– Sí, naturalmente, doctora -convino él, alegrándose por la sugerencia. La condujo hacia la derecha, donde había un piano de cola y un arpa cubierta con una funda de un verde desvaído, y a lo largo de un estrecho corredor. Al llegar al fondo, frente a una puerta cerrada, se detuvo. Delante de la puerta había un hombre alto.

– Matteo -empezó Fasini, mirando a la mujer-, la doctora…

– Zorzi -dijo ella escuetamente. No era momento para presentaciones formales.

A la llegada de su superior y de una persona a la que se daba el título de doctora, a Matteo le faltó tiempo para retirarse de la puerta. Fasini se adelantó, entreabrió la puerta, se volvió a mirar por encima del hombro e invitó a la doctora a precederle al interior de la pequeña habitación.

La muerte había desfigurado las facciones del hombre que estaba caído sobre el sillón situado en el centro del camerino. Tenía los ojos muy abiertos al vacío y un rictus feroz en los labios. El cuerpo estaba ladeado y la cabeza, hundida en el respaldo. En la dura y reluciente pechera de la camisa había un reguero oscuro. Al principio, la doctora pensó que era sangre, pero, al adelantarse un paso más, más que ver, olió el café. No menos peculiar era el olor que se mezclaba con el del café: un olor acre a almendras amargas que sólo conocía por referencias.



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