
– Dottoressa -dijo Fasini con una voz que hacia pensar que era él quien necesitaba asistencia médica-, tenga la bondad de subir a los bastidores. El acomodador la acompañará.
El gerente levantó la mirada hacia la parte alta de la oscura sala, trató de sonreír, no pudo y abandonó el intento.
– Les ruego, señoras y caballeros, que disculpen el percance. Continúa la representación.
Fasini dio media vuelta y empezó a bracear, buscando la abertura del telón por la que había salido. Unas manos invisibles le despejaron el camino y el hombre se encontró en la destartalada buhardilla en la que pronto moriría Violetta. A su espalda, en la sala, oyó los discretos aplausos que saludaban al director suplente que acababa de subir al podio.
Rodeó a Fasini una multitud de cantantes del coro y tramoyistas, tan curiosos como el público y mucho más inquisitivos. Normalmente, lo elevado de su posición eximía a Fasini del trato con estos modestos miembros del elenco, pero ahora no pudo escapar a sus preguntas y cuchicheos.
– No es nada, no es nada -dijo sin mirar a nadie, y agitó las manos, tratando de ahuyentar del escenario a aquel tropel de gente. Estaba terminando el preludio y pronto se abriría el telón y aparecería Violetta, que estaba ahora sentada con aire nervioso en el borde del camastro situado en el centro de la escena. Fasini redobló la energía de sus ademanes, y cantantes y tramoyistas despejaron el escenario, aunque siguieron cuchicheando entre bastidores. Él les lanzó un furioso «Silenzio» y se quedó esperando a que la orden surtiera efecto. Cuando vio que el telón empezaba a abrirse, salió por la derecha, donde se reunió con el director de escena y la doctora. Ésta era una mujer bajita, de pelo negro, que estaba debajo de un letrero de PROHIBIDO FUMAR con un cigarrillo sin encender en la mano.
