
La doctora Zorzi había visto mucha muerte, y no necesitaba buscar el pulso; no obstante, puso los dedos de la mano derecha debajo de la mandíbula del muerto. Nada. Pero la piel aún estaba caliente. Dio un paso atrás y miró en derredor. En el suelo, delante del hombre, había un platillo y la taza del café que había manchado la camisa. Se arrodilló, arrimó el dorso de los dedos al costado de la taza y la notó fría.
La mujer se irguió y miró a los dos hombres, que se habían quedado en la puerta, contentos de que fuera ella quien se las hubiera con el muerto.
– ¿Han avisado a la policía? -preguntó.
– Sí, sí -musitó Fasini, sin haber oído realmente la pregunta.
– Signore -dijo ella entonces, hablando despacio y en voz lo bastante alta como para hacerse oír con claridad-, yo nada puedo hacer. Esto es asunto de la policía. ¿Los han avisado?
– Sí -repitió el gerente, pero seguía sin dar señales de haber entendido sus palabras. Miraba fijamente al muerto, tratando de medir el horror de lo que veía, la magnitud del escándalo.
Apartándolo bruscamente de un empujón, la mujer salió al pasillo. El ayudante del gerente la siguió.
– Llame a la policía -ordenó ella. Cuando el hombre, después de mover la cabeza afirmativamente, se alejó, ella se metió la mano en el bolsillo, en busca del cigarrillo, lo enderezó y lo encendió. Aspiró el humo profundamente y miró el reloj. La mano izquierda de Mickey estaba entre el diez y el once y la derecha, en el siete. La doctora se apoyó en la pared y esperó la llegada de la policía.
